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Mi primer hombre Maravilla

Nuestra editora jefa confiesa sus amores boxísticos.

Siempre me gustaron morochos, y si bien a lo largo de cuatro décadas hubo honrosas y olvidables excepciones, ante esta servidora, “piel morena” mata “rubio de ojos celestes”. Eso es así desde mi más tierna infancia. Y ojo, que no hablo de algún amor de salita de tres, al alcance de mis corazones de acuarela o mis gomeras, según lo que el enano mereciera. No señor. Yo siempre piqué alto: mi gran amor estaba allí arriba, en la tele a cuyo sintonizador yo no llegaba pero frente a la cual lo esperaba horas y horas, mientras en mi media lengua y con berrinches pedía que él llegara a las dos de la tarde cuando la programación señalaba que lo haría a las seis… “¡Terminala, Marcela, que faltan cuatro horas para la pelea!”, decía mi mamá, perdiendo la paciencia en casa de mis tíos, donde nos reuníamos para ver esas contiendas que paralizaban el país. Pero yo no entraba en razones, y así sucedía cada vez que “mi novio” se calzaba los guantes.

Novia fiel

Era mi prueba de amor. Yo podía soportar cualquier flagelo con tal de verlo, desde el más suave chas chas en la cola a aquel castigo tan personal que mi madre debió haber patentado para los anales del manual antipedagógico, y que consistía en tomarme de los pies, y, boca abajo, amenazarme con meterme de cabeza en el inodoro si no me tranquilizaba. Mientras, ya en estado catatónico, yo seguía pidiendo por “mi Monzón”, a quien llamaba “de negrito pero de lindo”. Como mencioné antes, la nena no hablaba muy bien…

Con mis manitas de un lustro le armaba el altar con esmero y dedicación, pero las velas llegaban desahuciadas al primer round ya que las prendía apenas empezaba la llorata y las horas de espera siempre perduraban a la luz. Hasta que, por fin, llegaba el gran momento. Y el mundo desaparecía cuando él subía al ring.

Shhh, cállense que empieza… Dale, ma, crucemos los dedos, hagamos “Poncio Pilatos, la cola te ato”, y vos, Benvenuti, ¡ojito dónde pegás que ya sabés cómo se pone mi negrito cuando le tocan la cara, eh! Shh, las piñas resuenan, el boxeo copa la parada y hasta el taxi de Rolando Rivas se toma franco porque es sábado y pelea el santafesino, el mejor, el más grande, mi novio, y no te lo presto.

Confesión pública

En aquel entonces, Monzón era el único hombre que me maravillaba, claro que después llegaron Susana y otras rubias teñidas con las que ya no pude competir, por más teoría del amor platónico que me explicaran. Por él miré boxeo desde tan chiquita, y tras su retiro, como novia fiel que siempre fui, yo también colgué los guantes.

Tuvo que llegar Maravilla Martínez, tres décadas después, para que otra vez me dieran ganas de mirar un combate por algo más que la camiseta. Y vaya si logró atraparme. Pero las comparaciones son odiosas, y si son extratemporales, se hacen injustas e innecesarias. Mi Carlitos derrochaba en el ring la inteligencia que le faltó para vivir, y así murió. Y Sergio hace gala de ella a ambos lados del cuadrilátero. Pero no se deben comparar, y menos lo haré yo, porque el primer amor nunca se olvida. Ahora bien, señor Maravilla: yo, como millones de argentinas que lo miramos embobadas transpirar el cinturón en cada pelea, no tendría ningún problema si usted quiere ser el último… Lo dije. Listo. Y en el final, muerta de vergüenza (ahora te entiendo, Lorenzino) ¡me quiero ir!

Marcela Tarrio
Editora Jefa

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