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Cantando para quitarnos las penas

Leé la columna semanal de nuestra editora jefa Marcela Tarrio.

Tenía varios temas para escribir en esta columna, pero en todos pintaba la bronca por haber vivido una semana donde el único protagonista fue el abandono inaceptable al que se ven sometidos los que menos tienen y que quedó expuesto con el barbarismo cometido con la gente varada en la terminal de ómnibus de Retiro ante el paro del transporte de larga distancia. O la sensación de impotencia al seguir viendo que los bolsos con dinero se reproducen tan o más rápido que los ex funcionarios o pichis arrepentidos. O las ganas de agarrarlo de la solapa al ministro de economía Hernán Lorenzino, el hombre del cual no supimos ni el nombre por años y que en días se hizo famoso por defecto y no por mérito. Es que el susodicho, no contento con lo de la griega, una semana después se mandó otra frase para el recuerdo cuando un transeúnte le preguntó por el dólar blue (¡que no para de subir!) al verlo salir de una concesionaria de motos donde fue a comprar una funda para la suya (de necesidad y urgencia), y él respondió: “Sí, va  a seguir subiendo, pero el dólar no le importa a nadie…”. Y saben qué:¡desistí!. Nada de realidades. Volvamos a la ficción (y no soy Fariña)

Sha lala, sha lala

Ahí andaba yo, mirando la tele, y de golpe me encontré con una familia que casi todo te lo dice cantando. ¿Una rara avis en la tevé, no? Cuando entendí que no estaba en el teatro sino en casa, mirando mi aparato favorito (que no es mi marido porque no tengo), grité: “¡Esta es la mía!”. Porque como ya sabrán los que me soportan, ¡amo cantar! Y la pasé genial.

No sé cómo le va a ir al programa, ya que en la Argentina no hay una idiosincracia del musical en televisión, pero a mí me dieron unas ganas locas de cantar en todos los capítulos. Me encantó que no se hagan los temas completos, y que se ajusten a la necesidad del guión, lo que lleva a que tanto Tony Qitapenas (un acertadísimo Miguel Angel Rodríguez), como Brian Jones (impecable Jean Pierre Noher) y el resto del elenco (chapeau por la vuelta de María Concepción César) pasen de una canción de Queen a “La Bomba Loca” o de los Pimpinela a “Honrar la vida”. Se ve el esfuerzo, y la futura competencia de las dos familias en un reality hará que gane en emoción y alegría, claves de un ciclo tan raro como bien intencionado.

Una que sepamos todos

A esa hora, después de un día agotador, un poco de alegría viene bien. Por eso, tómenlo como medicina o como antídoto. Si ustedes también están hartos de no poder comprarse ni un bolso trucho de Vuitton en la Salada y lo único que pueden pesar es la bolsa de las compras, cada vez más vacía y más cara aunque Moreno lo niegue, ríanse un rato y pónganse a cantar frente al televisor. No sé si eso les quitará las penas, pero al menos puede servir de descarga. Yo, por las dudas, ya me armé mi cancionero y cada vez que veo a Hernancito en el noticiero de la mañana haciéndome atragantar la tostada, le grito “¡Que ganas de no verte nunca más!”, bien a lo soprano como Valeria. A Fariña, Elaskar y compañía, en tanto, les ladro, pegadita a la pantalla, esa que dice “Mentira, tu vida siempre fue…”. Y si a Macri lo pesco de vacaciones mientras su ciudad se ahoga, hago la gran Fontova y le dedico aquello de “Me tenés podrido…”. Y mucho cuidado, porque si a la señora Presidenta se le ocurre entrar en Cadena Nacional justo cuando miro la novela, me olvido de la investidura, le entro a Thalia y su “¡A quién le importa…!” y que sea lo que Ginamaría Hidalgo quiera. Vamos, piensen canciones y canten, “que las penas se van cantando” (¡Azúcar!, y perdón por el robo, Celia); y si no podemos solos, nos ayudan los Qitapenas.

Marcela Tarrio (Editora Jefa)

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