¡Vamos que empieza el espacio publicitario!

Nuestra editora jefa escribe sobre publicidades (y hombres) cautivantes.

Muchas veces, la tanda supera a la programación. O a lo sumo, es un viaje que vale la pena. La otra noche, por ejemplo, estaba mirando la telenovela en casa con mi hijo y, como siempre, esperaba el corte para aprovechar a lavar platos, chequear mails, tratar de sacarle alguna palabrita a un adolescente monosilábico, firmar notas del colegio y planchar el uniforme… Y así, mientras iba de la compu al living, previo paso por la cocina para controlar el guiso de lentejas que se cocinaba a fuego lento para el mediodía siguiente, me quedé pegada a la tele por culpa de una sucesión de joyitas publicitarias.

Ya andaba extrañando a la abuela más querible de la televisión cuando el conocido servicio de internet me sorprendió con una parejita histriónica que pinta para competirle a los ahora “ex” del Galicia. Aunque, a decir verdad, la embarazada primeriza y su resignado marido van a tener que remar mucho para superar al papá cuida Raúl, su hija y el abu de la contraseña “puntito, puntito, puntito”. No por nada la señora de las nueve décadas (o sea, el comercial Abuela, de DDB Argentina para Speedy) se acaba de quedar con el título del mejor de 2012 en la 30º edición del Lápiz de Platino, superando al Ballet de Movistar, aquella genial combinación de fútbol y baile clásico que nos tentaba a comprarle un celular a papá. Luego, ni bien la futura mamá terminó de pedirle a su esposo que le compre el “huevito” de 3.000 pesos, no pude levantarme de la silla porque me tiraron con munición gruesa.

Cafecitoooo…

De golpe, sin preaviso (¡ojo con el cuore!) se me aparece el hombre de mis sueños y, azorada, cuando desperté de la hipnosis que me ataca cada vez que lo veo y una vez que él salió de pantalla, me fui corriendo a hacer un café. Si como dijo Luis Bassat en “El Libro Rojo de la Publicidad”, ésta es “el arte de convencer consumidores”, conmigo están hechos, señores, porque si comprando el café premium Nespresso a mí se me aparece George Clooney, yo me fundo pero compro. Igual, ojo, que tomo café pero no como vidrio, eh. Esas cosas no pasan en la vida real, no al menos en la mía, que ni entrando a Bonafide me cruzo con semejante bombón… Y otra cosa: ¡maten a la chica del aviso! ¡Qué se viene a hacer la superada, la que no lo reconoce! ¡Por favor! ¡A mí me tienen que sacar con fórceps y con todo el grupo GEOF si me lo encuentro!

Así las cosas, ya estaba por aparecer el cartel de “Fin de espacio publicitario” y yo no había hecho nada de lo que tenía que hacer porque el divorcio de Marcos y Claudia, el embarazo de Ana y el aviso del cafetero más sexy de la historia me habían abducido. Pero volví a Tierra de un plumazo, porque, así como tenemos publicidades brillantes, hay otras que sacan lo peor de mí, como la de Carmela y las ballenas, a quienes mataría de un hondazo aunque Greenpeace me condene a cadena perpetua. Pero a las que les debo una. Gracias a ellas, pude salvar el guiso de lentejas, porque con tal de no verlas volé a la cocina y lo agarré justito cuando estaba a punto de convertirse en una masa incomible de puro hierro. O sea, a la hora de la tanda, la moraleja es la siguiente: ¡perdé la cabeza con Clooney, pero rescatate con Carmela!

Marcela Tarrio
Editora Jefa

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