Explota, explota, expló, explota mi corazón

Nuestra editora jefa confiesa sus gustos musicales más ocultos.

Todos tenemos un muerto en el placard, pero también en la biblioteca y el cajón de los cds. Será por eso que me gusta tanto la sección que Alejandro Fantino impuso en su “Animales Sueltos” (América) y que ha dado en llamar “El tema que te avergüenza (pero que te gusta)”. En pocas palabras, los famosos invitados cada noche tienen que revelar cuál es la canción que les encanta pero que “no da” para andar cantándola por ahí, delante de todos. Y no sé a ustedes, pero a mí me pasa que me siento tan identificada que, cada noche, encuentro una para jugar yo también. Así que, Ale, mil disculpas, pero en cualquier momento te robo la idea y la impongo en Semanario, para que los famosos entrevistados nos cuenten no sólo lo que cantan bajo la ducha, sino el libro que nunca leyeron (pero podrían recitar de memoria), la telenovela que nunca miraron (pero que se la graban para no perderse un capítulo) y la película que fue piedra fundamental de su videoteca pero hoy duerme bajo los toallones del armario, no sea cosa que alguna visita la encuentre y lo gaste hasta que Susana emboque dónde queda Praga.

Así es que yo rompo el hielo, lectores y les cuento que a mí me puede Raffaella Carrá. Y que cuando nadie me escucha (ni me ve) me canto “0303456”, de punta a punta y sin leer, y a continuación, sin repetir y sin soplar, sigo con aquel estribillo que dice “explota, explota, explo…” y termino con “Fiesta”. Aunque confieso que, por más que me oculte, si estoy en un boliche y un DJ medio retro alucina y de golpe pone uno de la italiana, me tienen que agarrar entre ocho para que no salte a la pista y empiece con la coreo que, dicho sea de paso, conozco de memoria desde que era chiquita y la miraba alucinada frente a la tele al son del “Ah, ah, ah, ah, en el amor todo es empezar…”. Vamos, bailen conmigo: Un solo de la rubia, llegan los “rafaelitos”, yo muevo la cabeza hasta desnucarme, me alzan y, acostada sobre sus brazos, levanto y bajo la pierna al son del 0303… Bueno, ahora que lo pienso, cada vez que el espíritu de Raffaella se apoderó de mí en un lugar público (hubo varias), nunca nadie corrió para evitar mi papelón, así que hay dos opciones: o adoran verme hacer el ridículo y terminar con cuello ortopédico, o tan mal no la imito, qué tanto… Ahora, ustedes: ¿ya pensaron qué canción les da vergüenza pero no pueden dejar de cantar?

A dormir con una sonrisa
Como dije en un principio, me gusta el programa de Fantino, y me gusta él como conductor, versátil como pocos, excelente entrevistador y, este año, ya alejado de los reportajes extensos, está muy divertido y con una ronda de gente que le hace la segunda de maravillas. Una buena opción para irse a dormir con una sonrisa y, sobre todo, cantando ese temita que nos pone colorados pero nos puede, ya sea porque nos alegra el alma o porque, sin más, nos trae al presente un momento de nuestro pasado que quedó grabado a fuego en nuestro corazón. Pero hay algo más que quiero decir. En el mundo del espectáculo y la farándula, esa hoguera de vanidades en la que lo común es excepcional y lo excepcional es la aguja del pajar, no es fácil encontrar gente con códigos y que sepa respetar el trabajo de los colegas. Y el conductor de Animales Sueltos es uno de esos pocos. Te contesta el teléfono cuando lo llamás o le dejás un mensaje o un mail, no manda emisarios y tiene palabra. Por eso, desde este reino del revés en el que hay que agradecer lo que debería ser moneda corriente, Semanario se lo agradece. Y no es “chupamedismo”, sino solamente un “nobleza obliga” que él sabrá entender.

Como corolario, mientras ustedes, lectores, siguen pensando qué canción, película o libro les avergüenza aunque les encante, les cuento que yo guardo en un rincón de mi corazón (y si la engancho en cable la vuelvo a ver), la saga completa de Los Superagentes Tiburón, Delfín y Mojarrita, y confieso que he leído hasta aprendérmelos de memoria los aforismos de Narosky. Y sí, no soy perfecta, así que, amigos lectores, vamos, díganme lo que quieran, que me lo merezco. Pero recuerden que, como dijo José, “al amigo no lo busques perfecto, búscalo amigo”.

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