¡Qué hermosura! ¡Qué dulzura! ¡Qué locura!

Nuestra editora jefa fue al teatro a ver “Los Locos Adams” y “Camila”.

Después de haber disfrutado de obras de teatro magistrales, y de rellenarme el alma con piezas de todo tipo y color en esta Buenos Aires tan ecléctica como teatral, me tomé dos días para despuntar el vicio de mi eterna pasión: las comedias musicales. Y allí fui, una noche a ver “Los Locos Addams” y otra, “Camila, nuestra historia de amor”. Pero antes de seguir, por si hay ansiosos en la sala, les digo que vale la pena ir a verlas. Después, si quieren, vamos a la letra chica, pero no se las pierdan.

Ahí estaba yo en mi butaca esperando que empezara la función, y ni bien escuché el chasquido de dedos al son de la legendaria musiquita (con una orquesta de 13 músicos en vivo), toda mi infancia me cayó encima. Y volví a ser yo, con 6 o 7 añitos, tomando el café con leche frente al televisor, y mirando extasiada a esa familia tan normal en la que mamá cultiva espinas y tira las rosas; que tiene de mascotas a una planta carnívora y a un león llamado Mínimo; que adora los líquidos venenosos, y cuyos integrantes, a modo de spa, se relajan en una sala de torturas. Ese grupo adicto al negro en el que un tío calvo tiene como pasatiempo encender una bombilla con la boca y poner la cabeza en una prensa; el mayordomo es un seudo Frankestein de dos metros que toca el clavicordio como los dioses; la abuela es una auténtica bruja y los benjamines de la casa son dos monstruitos: uno, gordito y la otra, oscura e inseparable de su muñeca decapitada. Esa familia que no sería lo que es si esa cosa llamada Dedos no estuviera siempre al pie del cajón, y el primo de papá, cubierto de pelos no los visitara de tanto en tanto.

La nieta, el tío, la abuela….

“Apaguen sus celulares”, repetía una voz tétrica y en off. Y entonces yo volví en mí, pero recargada de expectativas y, tratándose de mi serie favorita, con miedo por lo que vendría por más que daba por descontado que Gabriel Goity iba a brillar como Homero Gómez Addams, igual que Julieta Díaz como Morticia y Laura Esquivel como Merlina. Pero ¡qué corta me quedé! La adaptación de Enrique Pinti basada en el musical de Estados Unidos no sólo está bien argentinizada en los guiones, las letras de las canciones y los bocadillos criollos que le imprime “el Puma”, sino que hasta el que no guste del género la va a pasar genial gracias a la buena dosificación de texto y música, al humor de este clásico atemporal y las magistrales interpretaciones de un elenco impecable, empezando por el pequeño Pericles, que se gana una ovación de pie. Además, confieso que cuando ya estaba triste porque se habían olvidado de El Tio Cosa, ahí apareció él, breve y genial, endulzando mi memoria. Una sola crítica: un poco más de Dedos no hubiera estado mal, aunque valió la pena verlo abrirnos el telón para empezar a cantar…

El confesionario
Se me fue la mano hablando de estos locos y me queda poco texto para Camila. Perdón, pero basta contar que son dos horas sin intervalo y que la pasé de maravillas. Aunque, debo decir dos cosas: me deben otro Padre Ladislao. No importa si canta como Peter Lanzani, pero es indispensable que me haga emocionar, y éste no lo logra ni en la escena del amor ni en la de los latigazos, aunque por suerte, el resto lo compensa con honores. Y que extrañé la frase que tanto me hizo llorar en la película: “Ladislao, estás ahí? A tu lado, Camila, a tu lado…”

Marcela Tarrio
Editora jefa

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