Salí del cine con ganas de potrero y picadito

Nuestro subeditor Diego Iljutko escribe sobre “Metegol”.

Si las cuentas no apretaran tanto y tuviese una casa más grande, después de haber salido de ver “Metegol”, sin dudas hubiera ido directamente a comprarme uno. Sí, ya sé que es esa emoción que aflora cuando algo nos gusta mucho, pero que luego no terminamos de concretar nunca. Como cada vez que nos vamos de vacaciones y tiramos esa frase infaltable, y que denota lo bien que la pasamos: “¡Cómo me vendría a vivir acá!”. Sí, un año será San Martín de los Andes, otro Villa Carlos Paz, y así con cada lugar mágico que nos atrape…

Pero la película de Campanella me llevó a otro lado. Y no justamente a la experiencia concreta del juego (no soy un experto ni un gran jugador de metegol). Me trasladó al orgullo de ver que acá, cuando hay recursos, el talento se potencia y provoca cosas como este maravilloso filme. Y, por supuesto, también me regaló un viaje mágico a la infancia.

Sí, podría criticar ciertas cuestiones del guión, aunque eso es muy personal. Sinceramente, “Metegol” me impactó. Y no solamente porque es cierto que no tiene nada que envidiarle a los otros tanques del cine de animación –que suelen venir del país del norte de la mano de Pixar o Dreamworks–, sino porque tiene algo fundamental para nosotros: es bien argenta.

Made in Argentina

La historia, los personajes y las voces (Horacio Fontova y Fabián Gianola un escaloncito por arriba del resto, aunque todos están muy bien) hicieron que la sintiera propia, y que hasta mi hijo, con sus casi 5 años y bien futbolero, me hiciera algún guiño cómplice.

Encima, en medio de la violencia que envuelve a nuestro fútbol, donde cada día se sigue agradando la lista de muertos y violentos por “los colores y la pasión”, “Metegol” nos devuelve a la esencia de jugar a la pelota. Al picado del barrio en donde cualquier cosa puede pasar, donde nada está dicho hasta el último minuto, y en donde hasta un destartalado equipo integrado por la redacción de Semanario puede conseguir un empate heroico en el último minuto, y caminar con el pecho inflado por los pasillos de la editorial, al menos por unos días (aunque el relato épico cobrará cada vez más fuerza con los años).

“Metegol” es la fantasía de todos los que alguna vez jugaron un partido en el potrero que estaba cerca de la casa. Es una pequeña parte nuestra que está ahí, y que revive en cada asado con los compañeros del secundario.

Además, es la reafirmación (si es que para algunos todavía era necesario) de la genialidad de Juan José Campanella.

Una historia simple, chica, con algunas pinceladas futuristas, y repleta de fantasía…, pero de la nuestra. Una historia que no deja afuera a nadie. Hombres, mujeres, grandes y chicos, futboleros o no, se van con una sonrisa. Y, claro, sin dudas, el ingrediente especial y fundamental está más que claro: es cien por ciento argentina.

Diego Iljutko
Subeditor

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *