Mi almohada me dejó por culpa de Doman

Nuestra editora jefa habla de los “galanes” que inventa la TV.

Vengo teniendo noches de pensamientos muy extraños. Madrugadas de sacar conclusiones y filosofar con vehemencia noctámbula; veladas de hacerle preguntas a la almohada, esa amiga fiel, psicóloga gratis y mejor consejera que siempre tiene la respuesta a todo y, lo que es mejor, con rico perfumito y silencio indispensable al final de un día demoledor.

Pero debo confesar que tuve una semanita demasiado profunda. Tanto, que hasta ella se corrió al otro costado de la cama, entre avergonzada por no saber qué decir y sorprendida ante semejante hondura del pensamiento. Sí, por primera vez en tanto tiempo compartido, mis dudas, cuestionamientos y cavilaciones la dejaron muda.

Preguntas

Ya cayéndose sobre el velador por temor a que la alcance, me miraba sorprendida y sin entender cómo yo, que noche a noche la indago sobre amores, amistades, hijos, ex maridos y trabajo –entre otros temas vitales para cualquier ser humano, sin distinción de credo, raza o país de procedencia– le venía con preguntas tan kafkianas y pretendiendo una respuesta inmediata. Así que sólo se dedicó a escuchar a esta mujer y sus incertidumbres.

¿Qué pasó? ¿Cuándo me perdí? ¿En qué momento suspendí mi existencia y ahora no entiendo esta realidad? ¿Cómo vivir con esto? ¿Hasta dónde va a llegar? ¿Qué sigue ahora? ¿Seré capaz de soportarlo…?

El sueño se iba adueñando de mi cuerpo, pero mi boca, desnuda de certezas, seguía arrojando preguntas envenenadas de ignorancia. Y nada. Silencio de almohada. Así que me dormí… Quizás para darle tiempo a ver si de mañana, con desayuno incluido, la señorita recuperaba puntos y me decía algo que me dejara, si no satisfecha, al menos, contenta.

Amaneció, y entre café y tostadas volví al ataque. Fui por más, pero esta vez, al hueso. ¿Qué nos pasó, amiga? ¿¡En qué momento todo cambió tanto que ahora nos quieren hacer creer que Fabián Doman es un sex symbol!?

Chau, chau, adiós

Si se están preguntando qué me respondió, les cuento que apenas salí de casa fui al súper y me compré una almohadita nueva porque la que tenía renunció al grito de “¡ah, no, esto es trabajo insalubre!”. Y eso que no llegué a preguntarle también por el otro rompecorazones Jorge Lanata, porque estimo que ya me estaría mandando una carta documento por abuso de poder.

Se fue sin decir adiós y me dejó con mis signos de pregunta pintados en la cara. Y no tuve más remedio que arreglármelas solita, para finalmente llegar a la conclusión de que la culpa la tiene Tinelli. Por suerte, ahora su chica se embarazó y hay tema para rato, por lo que, con fortuna, nos olvidaremos de Evelyn Von Brocke y su voz chillona antes de aprender a decir su apellido, y volveremos a ver a Fabián en C5N sin temor a escuchar la crónica de un divorcio en vez de las noticias. Y si eso no pasa, queridos lectores, salgamos a divorciar Aranas, Cabrés, Corrados, Marianos Martínez o tanta gente linda, con título bien ganado de galán, a los que por lo menos nos cueste deschavarles sus enredos de alcoba y que no tengan tantas ganas de hacer terapia de pareja, por separado, en la tevé. En cuanto a vos, almohadita mía, volvé. Yo te perdono.

Marcela Tarrio
Editora jefa

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