¡Marche una comedia en la tele para Lucía, ya!

Nuestra editora jefa pide una sitcom a medida para la Pimpinela.

¿Qué es lo que más me gusta de “Tu cara me suena”? me pregunté el lunes pasado, cuando corría de la cocina al living, es decir, de los fideos al dente a la tevé, para no perderme la próxima imitación. Y me di dos respuestas. La primera: que acá todos son famosos y, por ende, no voy a ver a un ganador con el voto popular que al tiempo ya nadie recuerda. Acá los que participan ya son consagrados en lo suyo y no habrá sueños rotos por tantas promesas que se quedan cortas. Para muestra, basta preguntarse qué fue de la vida de Cristian Soloa, Benjamín Rosales o Juan García, los tres últimos ganadores de “Operación Triunfo”, de cuyos nombres ya nadie puede acordarse… La segunda: Lucía Galán.

Más allá del detalle obvio de que estoy completamente loca si ando por las noches autocuestionándome estas cosas, debo confesar que Lucía me mata. Y declaro: la televisión le está debiendo a esta mujer su lugar como comediante, placer que despunta a cuentagotas en algunos sketches con Susana Giménez pero que deja un gusto a poco.

Es genial: divertida, histriónica y, encima, remadora como pocas. Basta con recordar el segundo envío del programa conducido por Marley, cuando a ella le tocó interpetar a Raphael, para darle el premio remo de oro. No le alcanzó con divertirnos con su performance, vestida cual el español y al son del mentado “Escándalo”, sino que se pasó todo el programa actuando como él sin perder un segundo la impostura de “El Niño”, y yendo y viniendo con intervenciones para el recuerdo. Ni hablar de su conmovedora imitación de Adele o de la última, cuando apareció cual Tina Turner, enronqueciendo su voz hasta donde pudo, porque cada tanto sus agudos asomaban recordándonos que la que estaba debajo de ese vestido rojo (¡que se le rompió!) era la misma de “Olvídame y Pega la vuelta”, cuyo estribillo de “por eso, vete, olvida mis manos, mi cara,  mi casa…” siempre nos cuesta un perú y varios tomatazos hasta en el peor de los karaokes…

La Pimpi a la comedia

Lucía tiene tanto para dar como comediante que si yo fuera productora ya mismo le armo una sit-com a su medida. Aprovéchenla, que no los va a defraudar (perdón por la frase), como no defraudó cuando se tiró a la pileta del cine con Guillermo Francella (“Papá se volvió loco”), o en sus intervenciones en la tele (“Soy Gitano”, “la Niñera”). También tiene tiras en su haber (“El duende azul”, 1987, o “Mujeres de nadie”, 2008), pero no, Lu: lo tuyo es la comedia.

Tengo que ser sincera y decir que por más ecléctica que soy en gustos musicales, no me gusta Pimpinela. Sí, alguna vez canté bajo la ducha aquello de “A esa” o “Ahora decide”, pero nunca fuera del resguardo de la cortina de baño y del agua que lava todos los pecados del mundo. Pero de ella, me declaro fan, y ni siquiera necesito que cante, cosa que quedó demostrado que hace muy bien. La quiero, porque parece buena mina, porque es divertida, gran actriz y, sobre todo, porque sólo una buena mujer y una mejor hermana puede pasar 30 años escuchando a Joaquín desafinar a su lado.

Marcela Tarrio
Editora Jefa

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