Si algo me pasa, no le echen la culpa a Río

Mi corazón vapuleado no puede soportar otro partido de la Selección como el del martes frente a Suiza. Pido, por favor, un triunfo tranquilo contra Bélgica.

Por

Ángel Di María y su gol frente a Suiza.

Acaba de terminar el partido y estamos cerrando esta edición ya que quisimos esperar el gran combate Argentina – Suiza que nos daría el pasaje a los cuartos de final o nos mandaría, con el rabo entre las piernas, derechito a casa. De modo que, en el estado en que me encuentro después de ese agónico 1 a 0 a dos minutos del final del segundo tiempo del alargue; después de ese pase magistral de Messi, que le dio a Di María la posibilidad que se merecía de romper el arco; después de penar como en una elegía, y de maldecir más que el Tano Pasman con su querido (y mi querido) River Plate, no esperen de mí otra cosa más que una editorial autobiográfica. Porque no puedo más.

Porque no hay derecho a sufrir así. Porque no es justo que desde que arrancó el Mundial tengamos que rezar todo el partido para que hasta estos aparatos suizos que de su perfección relojera no tienen nada y que no embocan ni los laterales, nos tengan con el corazón en la boca. Y si del cuore se trata, hoy temí por mi vida.

El destino quiso que me dieran un turno para una resonancia magnética de aorta, con y sin contraste, justo para el martes 1 de junio, a las 11 de la mañana. Y allí fui yo, divina,
espléndida y acostumbrada, ya que es un estudio que, tras 21 años de haber sido operada por un recambio valvular aórtico, forma parte de mi rutina. Todavía no tengo el resultado pero doy por descontado que estará perfecto. Sí, claro, ¡porque lo hice a la
mañana! Pero yo misma le voy a pedir a mi cardiólogo que lo repita, porque ahora te
quiero ver, mi corazoncito, después de semejante emoción violenta.

Al diablo las cábalas de sentarnos en los mismos lugares en los que padecimos el 3 a 2 frente a Nigeria, que nos llegó a complicar más que el juez Lijo a Boudou. Me paré, me senté, corregí páginas para no mirar (si salen errores fue culpa de Pocho, la Pantera y compañía); grité, puteé, mientras en la redacción todos me miraban desconcertados al grito de “¡ojo la válvula, Marce!”

Tic, tac, tic tac
Tranquilos, que salí airosa. Pero el tic tac de la Omniscience 21 mecánica que llevo en mis entrañas y que rara vez se deja oír, parecía el reloj de una bomba de tiempo que sólo el genio de Lionel y la zurda angelada de Angelito lograron desactivar. ¡Gracias! Gracias por dejarnos seguir soñando. Por permitirnos gritarle en la cara a Pelé, que fue a espiar el partido, que se quedó con las ganas de vernos eliminados (¡Pelé, decime qué se siente!). Por permitirnos seguir olvidándonos por un rato de todo lo que pasa en este bendito país (si no se enteraron, tenemos un vice procesado y ¡aumentó el boleto del colectivo!). Gracias por hacer latir así mi corazón, pero, y esto ya es un pedido a la solidaridad, aflojen, muchachos, háganmela más fácil y frente a Bélgica, el sábado, que sean dos goles de entrada, palo y a la bolsa, para llegar a las semifinales relajados de una buena vez. De lo contrario, no sé si mi valvulita lo va a soportar. ¡Y por Dios y por Francisco, eviten los penales! Si eso no sucediera, la próxima la escribo desde la Favaloro. Amigos, familia, lectores, ya saben: si algo me pasa, no le echen la culpa a Río, échensela a Sabella.

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04 de julio de 2014

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