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Chicos, el próximo no se nos escapa

Y sí. El Mundial terminó. Pero la alegría a flor de piel con la que viví las cuatro semanas que duró no me la quita nadie. Estoy segura de que Rusia nos verá llegar nuevamente a la final.

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Qué lindo sería tener una segunda oportunidad. Qué bueno saber que me quedé dormida en el intervalo de los 30 del alargue y que tuve la peor pesadilla. Pero no va a pasar, así que, a enfrentar la triste realidad. Perdimos la final y somos subcampeones, pero con el orgullo intacto y a salvo.

Igual, tranquilos, que tenemos discusión mundialista para rato ya que los que hablaron pestes de este equipo antes y durante, aún viendo que la vida, Sabella y sus muchachos les daban sorpresas, ahora resurgirán de sus cenizas encendidos al grito de “te dije que contra Alemania no iban a poder”. Pero no voy a malgastar esta página en los que siguen queriendo ver al fútbol como una ciencia exacta. Estoy harta de los analistas proestadística que, papelito en mano (y no el de Romero con un mensaje de amor) quieren aventurar un resultado como si fuera un análisis de glóbulos rojos o el teorema de Pitágoras. Es fútbol y, como tal, no se parece a nada.

Árbitro de ojos vendados

La esperanza y la confianza era toda mía en la previa. Tenía una fe ciega que le ganábamos a los alemanes, ese monstruo que metía miedo después de los 7 que le clavó a Brasil (¡todavía me estoy riendo y me va a durar décadas la dicha de haber vivido para verlo!), pero que necesitaron alargue para ganarle a Argelia y a Argentina. Con una pequeña diferencia: a nosotros nos tocó un árbitro ciego ya que, convengamos, el penal que no le cobraron a Higuain lo hubiera visto hasta Andrea Boccelli. Y eso también es fútbol. Y queramos o no, la suerte, esa aliada traicionera, se prende en todos los partidos y no avisa con qué camiseta va a jugar. Es fútbol, y el que la mete más, gana. Así de sencillo.

Nos vemos en Rusia

Me quedo con lo mejor. Con la felicidad que me inundó el alma este mes; con los gritos enajenados al son de cada gol junto a mi hijo, hoy con el corazón lleno de bronca y dolor por la injusticia de que jugadores de la talla de Messi y Mascherano no puedan alzar la copa que alguna vez nos trajeron Kempes y Maradona. Pero ya va a llegar. Esperamos 24 años para estar otra vez en una final y estoy segura de que en Rusia, nos verán llegar.

Me quedo con la argentinidad al palo que nos visitó y que ojalá se quedara a vivir, aunque sospecho que se va a ir apenas los jugadores regresen, los recibamos y todo el país vuelva a su anormal normalidad. Y me quedo con lo más triste: ver a tantos nenes llorando por lo que no fue. Uno es grande y ya está baqueteado de derrotas, pero ellos, los que vivieron ahora su primer Mundial y los que, hoy adolescentes, nunca lograron ver a la Selección pasar de cuartos, tenían el plus de la primera vez, sobredimensionada con nuestras anédoctas del ’78 y el ’86. Paciencia. Sólo faltan cuatro años. No lloremos por lo que no fue y guardemos este julio 2014 en el corazón, maltrecho de tanto sufrir pero ávido de desahogo y de gloria. Yo, al menos, este Mundial lo disfruté como nunca y viví cuatro semanas con la emoción a flor de piel, así que, salvo que pase Mascherano, ¡nadie me quita lo bailado!

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16 de julio de 2014

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