Chanfle, se nos chispoteó el mejor

Y un día se nos fue. El ídolo de mi infancia, el más grande. Pero, afortunadamente para todos nosotros, su legado es infinito.

Por

Todos sabíamos que no faltaba mucho. Que un día iba a ser real la noticia de su muerte. Que alguna vez iba a pasar. Y la sensación que tuve cuando llegó fue de una ternura descomunal mezclada con tristeza, añoranza y melancolía absoluta. Se moría el hombre que me alegró la infancia, la adolescencia y hasta mi adultez, ya que hoy, a mis 47, sigo mirándolo cada vez que lo encuentro en algún canal. Se iba el ídolo de mi hijo, que si no me equivoco, después de mamá y papá dijo “eso, eso, eso” con el dedito, cual Chavo del Ocho cada vez que algo le gustaba tanto o más que una torta de jamón. Nos dejó, así, sin querer queriendo, el mexicano más famoso y al que, como mínimo, tres generaciones le rindieron y le rinden devoción absoluta.

Pi, pi, pi, pi, pi, lloramos todos
Hoy me veo a mí misma diciéndole al enano aquello de “cállate, cállate, cállate que me desesperas” de Quico, el amiguito de ese nene que vivía en el departamento 8 de la vecindad pero que, en realidad, pasaba más tiempo en el barril, donde se escondía cada
vez que alguien lo retaba por sus travesuras. Y que nos rompía el corazón de tanta pobreza con la misma capacidad con la que nos desbarataba el estómago de la risa ante cada encontronazo con El Señor Barriga o Don Ramón.

Aún hoy me sorprendo contestando “no hay de queso, nomás de papas”, cuando quiero responder un gracias con buen humor, como hacía su Chaparrón Bonaparte. Yo crecí –vos creciste, nosotros crecimos, ellos crecieron– diciéndole a mamá, a modo de excusa, aquello de “es que no me tienen paciencia…” o “fue sin querer queriendo”, cada vez que nos retaba. O agrandándonos con un “no contaban con mi astucia” cuando la dejábamos pasmada. Vos, yo, nosotros, ellos, todos quisimos tomarnos la pastilla de chiquitolina para quedar tamaño hormiga y poder andar sin ser vistos. Y todos soñamos, alguna vez, tener una chicharra paralizadora para congelar una amenaza con sólo hacerla sonar. Y ni hablar de envidiar “las antenitas de vinil que detectan la presencia del enemigo”, con las que cuánto más tranquilos viviríamos.

¡Cuántas veces me encontré diciendo “¡se me chispoteó!”, ante una palabra de más; “¡que no panda el cúnico!” ante alguna alarma; o “bueno, pero no se enoje…”, frente a
alguien al borde de un ataque de nervios. Y cuántas otras reconozco que pequé de soberbia al advertir que “todos mis movimientos están friamente calculados” y, como el
Chapulín, me di la cabeza contra la pared…

Hoy despedimos al hacedor, Roberto Gómez Bolaños, alias Chespirito, pero tenemos esa ventaja que aliviana la pena que es saber que no lo vamos a extrañar tanto ya que nos dejó lo mejor: una galería de personajes entrañables y eternos. Gracias Chavo, Chapulín,
Dr. Chapatín (¿que tenías en la bolsita?), Chómpiras y tantos más en los que te convertiste para alegrarnos la vida. ¡Qué bonita vecindad debés estar armando en el cielo! Si ya me parece oír, allá arriba, la voz en off que te anuncia llegar: “Más ágil que una tortuga…, más fuerte que un ratón…, más noble que una lechuga…, su escudo es un corazón…”.

04 de diciembre de 2014

Un comentario en esta nota

  1. Esteban | 5 Diciembre, 2014 | 12:56

    Excelente nota. Tengo 45 y la nota me refleja todo el amor que siento por esos personajes. Se fué junto con él una parte importantísima de mi infancia

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