Digan lo que digan, él sigue siendo aquél

Por primera vez, pude ver en vivo a mi admirado Raphael. Y les aseguro que es un fiel ejemplo de lo que debe ser un artista de verdad. ¡Pasen y vean!

Por

Raphael, en el Luna Park.

Soy de las que creen que a los grandes artistas hay que verlos arriba de un escenario, porque es allí donde se los puede observar en cuerpo y alma y donde se descubre si eso que los hizo tan grandes se sostiene. ¡Cuántas decepciones me llevé con cantantes que en el disco son una gloria y en el vivo, un desencanto, o que en el equipo de música son Dios y en escena tienen tan poca química con la gente que dan ganas de pedirles que se vayan y nos pongan el disco…!

Pues bien, tuve el placer de ver por primera vez en vivo (¡me faltaba él!) a un ícono de los ’70 que permanece vigente y que, como dice ese tema que él hizo famoso, sigue siendo aquél… Aquél español al que toda América apodó El Niño y al que yo miraba en las películas del viejo Canal 13, cantando al grito de “Digan lo que digan…”. Aquél que, a punto de cumplir 72 años, a doce de haber vuelto a nacer tras un trasplante de hígado, y a días de estrenar película, dirigido por Alex de la Iglesia, me despeinó. Me desbarató. Me dejó de una pieza y subida en la butaca pidiendo que no se fuera sin cantarme (así, a mí solita)  “Yo soy Aquel”. Y ese fue el único mal trago de la noche, porque en tres horas ininterrumpidas (¡sí, tres horitas, Luismi, tres!), sin coros, Raphael cantó todo y más, menos esa canción sublime que hizo propia allá por 1966.

No paró un segundo, ni dejó a los músicos tocando para tomarse un break. Salió a escena a las 21:34 y nos dijo adiós a las 00:24, después de dejar la vida en el Luna Park y provocándonos vergüenza por seguir pidiéndole más a quien había dado en exceso. Y lo mejor, terminó con la misma voz con la que empezó: perfecta, potente, casi igual a la de aquel que aún recuerdo en blanco y negro.

Uno ve estas cosas y compara, y piensa en esos nuevos cantantes que se creen Freddy Mercury y no pueden hacer cinco temas sin recurrir al coro que los tape o al viejo truco de dejar que el público cante por ellos. Y dan ganas de llevarlos a ver a estos gigantes impolutos e inmunes al reloj.

Un espectáculo aparte fue ver a las mujeres de siete décadas y más, moverse divinas, olvidándose hasta de los achaques. Lo que se dice, una sesión de terapia y kinesiología de tres horas, y todo por el valor de la entrada.

Impecable. Admirable. Envidiable. Y podría seguir adjetivando a este hombre que hoy sigue dando cátedra y avalando por qué tiene en su haber el primer disco de Uranio, creado específicamente para él en 1982 y destinado sólo a aquellos pocos que vendiesen más de 50 millones de copias.

Salí del Luna Park con los oídos llenos y la garganta rota de tanto cantar. Salí sacándome el sombrero ante un artista de la hostia que, como él dijo, piensa volver. No se lo pierdan. Vale la pena, no sólo para gozarlo los que lo admiren, sino también para descubrirlo aquellos que sólo lo hayan visto como el favorito de los imitadores. ¡Qué bueno sería que también lo imiten aquellos que quieran ser grandes y eternos de verdad!

30 de abril de 2015

Un comentario en esta nota

  1. Muy buen enfoque veo en esta nota.Independientemente si te guste o no el estilo Raphael,es de destacar la calidad del show,el profesionalismo,etc.E inevitablemente surgen comparaciones con ciertas estrellitas fulgurantes de nuestro cielo!

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