Temas en este artículo: , , ,

¡Qué lindo es verte, Cabré!

Más allá de los reparos que cada uno tenga de él como persona, es indudable que, como actor, es de los mejores de su generación. “El Quilombero”, la obra que lo tiene como protagonista, es prueba de ello.

Por

Nicolás Cabré se luce en “El Quilombero”.

Podrán decir, podrán hablar, pero Nico Cabré (35) es lo más. Comienzo así porque acabo de ver “El Quilombero”, la obra de teatro que se estrenó en el Lola Membrives y que tiene a Nicolás como protagonista, rodeado de un elenco tan efectivo como talentoso. Y si me permiten, aquí conviene dividir las aguas, como cuando hablamos de Maradona. Una cosa es el profesional y otra, la persona. Podrán decir lo que quieran de Nico hombre, pero como actor, siempre fue bueno y versátil, capaz de jugar en el drama y la comedia con igual capacidad, algo que no todos los actores de su generación logran. Después, si es mujeriego, si no deja títere con cabeza, si es mal llevado con la prensa, si es
antipático, si se porta bien o mal con sus novias, conquistas, esposas, amigovias o amantes, eso va por otro carril. A mí, personalmente, siempre me gustó y me gusta verlo en tevé, más haciéndome reír que llorar, pero cuando hace lo segundo, lo compro, como lo compré cuando, jovencito, en el 2000, hizo “El Cartero” en teatro y, cuando, ya mayor, lo pusieron de futbolista en “Botineras”, ficción que no llegué ni a alquilar, pero no por él, sino por el libro que nunca me terminó de convencer. Y ni hablar de cuando, otra vez en las tablas, tuvo un mano a mano impecable junto al gran Alfredo Alcón –que siempre alabó su talento– en “El Gran Regreso”. Claro que como comediante, sacó chapa en la usina Pol-Ka, donde, entre otras tiras y unitarios en los que participó, se puso a los jovencitos de ambos sexos en el bolsillo con su inolvidable personaje de “Son Amores” y, más aún, con el de “Sin Código”, con escenas desopilantes que hicieron de cada una de sus apariciones, el deleite de chicos y grandes.

Mucho de ese Nico hay en la puesta que hoy dirige el cada vez más afianzado en ese rubro, Arturo Puig (“Le Prenom”, “Lluvia de Plata”, “Piel de Judas”). Imposible no recordar a aquel Axel Etcheverry de El Trece al ver la escena en la que Pignón (Cabré) habla o intenta hablar por celular con su ex, Luisa (Mercedes Oviedo) cuando, en un cuarto de hotel, hace las mil y una para intentar suicidarse. Todo, con un desgaste físico notable y sacándose chispas con el enorme Luis Ziembrowski (Ralph), un asesino a sueldo que, en el cuarto contiguo, intenta dispararle por la ventana a un acusado que llegará a declarar al Palacio de Tribunales que está enfrente.

Obviamente, la obra transcurre entre el querer y el no poder de Ralph, porque el tal Pignón, fotógrafo que había ido a cubrir la llegada del detenido, le complica las cosas de tal manera que todo se entrevera en una comedia absolutamente hilarante. Llena de lugares comunes, sí, como el sketch de la foto, pero que funciona como un reloj. A ellos se suman el histrionismo del botones, en la piel de Alejandro “Huevo” Müller; el actual marido de Luisa, el siempre impecable Marcelo de Bellis (Dr. Wolf); y el infaltable policía (Mauricio Macu).

No les voy a contar más. Sólo les diré que si se quieren reír del principio al final y recuperar al mejor Cabré comediante, no duden en sacar la entrada. Sólo por ver la escena de Ralph, primero dopado y después con una sobredosis de anfetaminas, y de
Cabré saltando por las ventanas gracias a una impecable escenografía de Alberto Negrín, bien pagada está.

28 de enero de 2016

Un comentario en esta nota

  1. Pingback: ¡Qué lindo es verte, Cabré! | Chusma Chusma!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *