Temas en este artículo: ,

¡Qué suerte que son en Brasil!

Acá me tienen, transformada en Gonzalo Bonadeo y ocupando mi tiempo y mi mente sólo en los Juegos Olímpicos de Río. Y feliz porque, esta vez, no me toca madrugar para ver las pruebas. Por Marcela Tarrio.

Por

Juegos Olímpicos Río 2016.

Cada cuatro años me pasa lo mismo. De la noche a la mañana, paso de ser Marcela Tarrio al mismísimo Gonzalo Bonadeo durante las 24 horas de 17 días en que mi mundo se visten de deporte. Me despierto jugando al tenis, almuerzo lanzando la jabalina, meriendo con nado sincronizado, ceno con el triatlón y en el medio de las cuatro comidas, picoteo cuanta disciplina exista y se televise en los Juegos Olímpicos de turno. Por suerte, este año son en Brasil, algo que mi sueño y mi salud en general agradece. Nunca olvidaré aquellos de Sidney 2000, o los de Pekín 2008, que me tenían a las 4 de la madrugada metida en la cama pero con los ojos así de grandes porque no podía abandonar la belleza de la gimnasia artística con cintas, o porque el llanto de esa atleta que no había visto en mi vida me había emocionado tanto que estaba más para levantarme a hacer un cafecito que para entregarme a los brazos de Morfeo. Los Juegos Olímpicos tienen ese qué se yo que hacen que, aunque el resto del año mirar deporte se circunscriba a seguir a mi amado River Plate o a las competencias puntuales de deportistas argentinos o internacionales a los que sigo y me gusta mirar, llegan ellos y yo soy erudita en todos.

Es como si el hada madrina de TyC Sports me tocara con su varita y yo pasara del ciclo básico aprobado en fútbol, tenis, básquet, rugby y boxeo, a creerme capaz de dar cátedra de lanzamiento de martillo, levantamiento de pesas, tiro con arco y badminton, entre otros deportes que me son aún más ajenos, como el ciclismo BMX o el canotaje eslalon.

Para mi bien, el saber se acumula y cada cuatro años sumo muchísimos conocimientos sólo con mirar, lo que me hace inmensamente feliz, estado que ya sé que me va a durar 17 días en los que poco me importa si hay programa para salir o no, porque el que me regala la tele alcanza y sobra. Y todo, con el valor agregado de que si mis queridos deportistas argentinos no tuvieran gran suerte, yo igual me voy a quedar pegada al televisor, porque los juegos exceden el patriotismo; yo los miro hasta el último día, compita quien compita.

Claro que comenzar con La Peque Pareto logrando la medalla de Oro y con un Del Potro inusitado, inesperado y absolutamente adorable dejando afuera a mi querido serbio Djokovick (que me hizo llorar con sus lágrimas), no se puede comparar. Pero ya sabemos que en los Olímpicos, los argentinos estamos siempre muy lejos de un medallero abultado y demasiado cerca de hacer milagros, lo que hace cada logro aún más valioso, pero a la vez es una certeza que nos quita esa expectativa que sí prima en un Mundial.

Así que a relajarse y a gozar, que, al menos a mí, no me alcanzan los canales de deportes para mirar tanto talento. Y sobre todo, disfrutemos el horario, porque los del 2020 ¡serán en Tokio, Japón!

11 de agosto de 2016

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *