La plata que vale oro

Lo que vimos de Del Potro en Río no fue tenis, fue otra cosa. Garra, corazón, empuje… como quieran llamarlo. Y dio sus frutos: una presea plateada que reluce oro. Por Marcela Tarrio.

Por

Juan Martín del Potro con su medalla de plata.

No podemos olvidarnos de Paula Pareto; Manu Ginóbili, Nocioni, Scola y toda la Generación Dorada del básquet; el equipo de vóley; Los Leones del hockey; Germán Chiaraviglio; Alberto Melián; Santiago Lange y Cecilia Carranza Saroli; y todos aquellos deportistas argentinos que nos representaron y que al cierre de esta edición aun soñaban con una medalla, pero lo que pasó en estos Juegos Olímpicos con Juan Martín del Potro es, absolutamente, otra cosa. Y excede el patriotismo, el fervor deportivo o el fanatismo por ese tenista nacido en Tandil. Acá pasó otra cosa muy distinta, y es una medalla de plata que, producto de la transmutación de la materia por una alquimia inesperada, vale oro.

Como dice uno de esos memes que se viralizan en las redes sociales: “Delpo: medalla de plata y huevos de oro”. Y perdón por el exabrupto, pero si a lo que hizo este hombre no le podemos llamar poner lo que hay que poner, que alguien me diga un eufemismo púdico. Talento le sobra y ganas también, pero dejar “hasta la última uña en la cancha”, como él mismo dijo, ganándole al número uno del mundo, Novak Djokovic, sacando de la competencia al mismísimo Rafa Nadal (el quinto) y jugando un inolvidable partido con Andy Murray (número dos), terminando no sólo sin piernas, sino sin brazos, con la lengua afuera y aún así, luciendo aquel revés y ese saque que alguna vez lo llevaron a la gloria, eso no lo hace cualquiera, y menos alguien que hace un año pensaba en dejar el tenis. Eso lo hace alguien con un alma y un corazón de oro.

Lo que vimos en Brasil fue tenis del mejor. Lo que vimos en Río fue el antes y el después en la nueva carrera de Delpo (hasta fin de año tiene dos grandes desafíos, como el US Open y la Copa Davis), el mismo Delpo que el año pasado, sentado en el living de su casa sin poder mirar un partido en la tele porque le hacía mal, pensaba en el retiro después de tres operaciones en su muñeca que lo dejaron fuera de las canchas. El mismo que cuando supo que en el sorteo le tocaba empezar con el gran serbio, se imaginó al otro día del encuentro “comiendo un asado en mi casa de Tandil, y nunca en las semifinales”.

Por renacer de la desazón, la desconfianza y el dolor; por demostrar que cuando se quiere, se puede, y por dejar alma y corazón en cada game, mil gracias, querido Delpo, en nombre de todos los argentinos que lloramos con vos en cada victoria y en esa derrota que no fue tal. El oro es de Murray, sí, pero sencillamente porque en el tenis no hay empate. La dorada es de Andy, sí, pero tu medalla de plata, querido Delpo, reluce oro por sus dos caras. Y no hay alquimista que lo pueda negar.

18 de agosto de 2016

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *