Tan fallada como sublime

La nueva obra de Muscari atrapa, no sólo como comedia sino por el desopilante papel que interpreta Patricia Palmer, una terapeuta enfundada en un mono de animal print. Recomendable. Por Marcela Tarrio.

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“Falladas”, la nueva obra de José María Muscari.

Con un título ganador, “Falladas” se instaló en la cartelera porteña apenas llegó, y ya está entre las obras más vistas, algo que no tiene nada que ver con los problemas mediáticos de su creador, el hiperproductivo José María Muscari, que esta semana estuvo en boca de todos pero por algo muy distinto. Pero eso lo dejamos para la página 74 de la revista, porque aquí, el tema es su obra. Y voy a empezar diciendo que nunca fui fanática del director, y que en todas las piezas que vi suyas, siempre hubo algo que me cortaba el entusiasmo inicial, un “gen Muscari” que se repite y que, más allá de darle identidad cual ADN (vos las ves y sin que te lo digan sabés que son de él) a mí me lleva a bajarles la nota. Me pasó con “El Secreto de la Vida” o con “Casa Valentina”, entre otras, y también con esta nueva puesta, pero esta vez no me importa, porque habernos devuelto a Patricia Palmer haciendo comedia es un acto de justicia.

Para quienes vayan al Multiteatro, sepan que hay un antes y un después de la irrupción de Palmer en escena, algo que pasa recién después de que aparecen Andrea Politti, Cecilia Dopazo, Laura Novoa y Martina Gusmán, cuatro amigas atravesadas por los problemas del amor, la edad, el dinero y todas aquellas cuestiones que complican el día a día, y que todos los jueves se reúnen a cenar y conversar. Por suerte, esa noche llega una quinta invitada, una licenciada-terapeuta que dos de las chicas deciden traer para que las ayude a resolver sus problemas emocionales y que termina estando más fallada que las cuatro juntas. Y allí cambia todo, en el escenario y en las butacas, porque de ahí en más, la gente no para de reírse y de aplaudir a Patricia, que con su genial Perla eclipsa a sus ahora pacientes con una naturalidad digna de una grande. Y el que pagó la entrada lo agradece.

El elenco está muy bien elegido: Politti, la dueña de casa, maneja a su Águeda, casi de taquito; Dopazo muestra un lado cómico pocas veces visto con su Úrsula, Novoa está justa y creíble en su Diana, la concheta del grupo, obsesionada por la estética, snob, paranoica y xenófoba, y Gusmán logra muy buenos momentos como Brenda, la más aniñada e hipersensible, aunque tiene menos escenario recorrido. Pero Palmer, señoras y señores, es literalmente sublime. Pensar que me conquistó en aquella tira “Dulce Ana”, y que la vi en decenas de ficciones (la última, “La Leona”), pero si alguien me decía que la iba a encontrar diciendo malas palabras y desestabilizando a los mismísimos Freud y Laccan juntos, hubiera dicho “pago por ver”. Y pagar valdría la pena.

El resto es políticamente correcto, desde la escenografía al vestuario, precioso y definitorio de cada personaje (Palmer, con un mono en animal print, si eso les dice algo…). No busquen más que una comedia para reírse y pasar un rato divertido, que no hay una intención más profunda en este psicoanálisis grupal, pero si quieren ver a una Palmer inaudita y adorable, no lo duden.

En cuanto al gen Muscari que tanto critico, sigue ahí: esa costumbre de intervenir musicalmente la obra con separadores que a mí, particularmente, me molestan, sobre todo cuando la música elegida no tiene razón de ser y sólo alarga una obra que sin eso, estaría mucho mejor.

25 de agosto de 2016

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